Definitivamente, la Argentina se ha convertido en el país del dígito. Y, desde la perspectiva del Instituto Nacional de Estadística y Censos (Indec), no hay mucho que preocuparse por la desocupación o la inflación y, ahora, la pobreza y la indigencia.
Desde hace exactamente tres años, las provincias se quedaron huérfanas de estadísticas nacionales sobre la inflación. Por obra y gracia del espíritu intervencionista del actual Gobierno, de un plomazo se borró al Índice de Precios al Consumidor (IPC Nacional). El último registro daba cuentas de que en Tucumán, la inflación de marzo de 2008 había sido de un 2%, por el efecto estacional del gasto en educación. Tal vez ese porcentaje se hubiera replicado este año, pero el Indec decidió que la tasa fuera del 0,8%. Sólo se federaliza la uniformidad de un dato que nada tiene que ver con la realidad cotidiana.
¿Qué hace el gobierno de José Alperovich? Calla o elude comentarios acerca de un tema del cual su gestión sufre las consecuencias políticas de la Casa Rosada si osa cuestionar las mediciones. No hay prueba más fehaciente para el Estado de que está danzando sobre la inflación cuando mira las cuentas y el gasto público crece por encima de un 30%. Ni hablar del consumidor. Por caso, un forista comentó ayer en LAGACETA.COM que, de un mes para el otro, pagó un 12% comprando los mismos productos. Si eso no es inflación, entonces qué es.
A medias
El dato del bajo desempleo tal vez encuentre una justificación a medias. El Plan "Argentina Trabaja" ha sacado de la desocupación a unas 15.000 personas que residen en el Gran San Miguel de Tucumán. Cada uno de ellos cobra alrededor de $ 1.500 mensuales, lo suficiente -según el Indec- para superar la barrera de ingresos que demarca el límite de la pobreza. Al cierre del año anterior, los desempleados en el Gran Tucumán-Tafí Viejo sólo eran 19.000 habitantes. Tal vez muchos de los beneficiarios de subsidios estatales pudieron subir en la pirámide social que toma en cuenta el nivel de ingresos. En muchos de indigentes a menos pobres, como los beneficiarios de la Asignación Universal por Hijo. Pero carentes, al fin, de un ingreso estable.
Los índices no dan derecho a nada. Tal vez, estas palabras del mandatario deban servir a la reflexión de aquellos que se encargan de difundir las estadísticas oficiales. Pero el propio jefe del Poder Ejecutivo admite que es menos incómodo hablar de desocupación que de pobreza. "Cuando salgo a la calle la gente nos pide empleo", declaró ayer el gobernador cuando fue consultado acerca del descenso del nivel de la pobreza en Tucumán, al 10,3% de la población. Si fuera cierto que en el Gran San Miguel de Tucumán, la tasa de desempleo no es mayor al 5,5%, entonces, ¿por qué Alperovich percibe que hay más tucumanos que piden trabajo?
El nivel de empleo en Tucumán se estancó al cierre del año pasado. No hay signos de que el sector privado genere más puestos que los habituales para sostener el ritmo de producción. Mucho menos durante un año electoral en el que, históricamente, las inversiones suelen retraerse al no saber qué le deparará el futuro político a la economía.
Lo más probable es que el Estado deba hacer el esfuerzo para sostener la calidad de vida de miles de argentinos que, desanimados por conseguir un puesto laboral, apelan a los subsidios estatales, con el fin de no descender más en la escala social. Claro está que el asistencialismo puede constituirse en una tarima endeble, que se sostendrá en la medida que la recaudación fiscal siga creciendo al ritmo actual. En este escenario, Alperovich sigue y seguirá danzando con la música que impone la Nación, con los datos del Indec, por más que no le guste el ritmo o que trate de disimular que esas cifras son creíbles y punto.